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La Relación con el Maestro en el Budismo.

S.S. XIV Dalai Lama Tenzin Gyatso

La Relación del Maestro en el Budismo

por Juan Manzanera

No existen maestros si no hay discípulos. De modo que hablar de un ser especial, único y sobrenatural que te va a guiar hacia un estado de trascendencia es solamente consecuencia de asumir el rol de discípulo. No importa mucho si existen seres así, lo que importa es que tú creas que existen y que hayas puesto tu fe en algún ser humano en concreto. Pueden haber errores y elegir el maestro equivocado, pero por eso es preciso observar cuidadosamente y cuestionar al candidato a tu maestro.

Lo cierto es que tener un maestro es una tarea personal, una decisión interna de ser discípulo. No es una persona evolucionada y distinta quien te lleva a la iluminación sino tu actitud y tu forma de relacionarte con aquel al que has atribuido el rol de tu maestro. Lo de menos es que tu maestro sea alguien, esté iluminado o lo que sea. Lo crucial es que sepas ser un discípulo.

Necesitamos un maestro porque vivimos adheridos a la comodidad y el bienestar social; pero no es muy distinto a cuando de pequeños nuestros progenitores nos obligaban a ir a la escuela. Si por nosotros hubiera sido, nos habríamos pasado el día jugando. Ellos con más visión  y una mayor perspectiva del futuro no obligaron a hacer algo que simplemente iba contra nuestra naturaleza. Lo mismo hace el maestro, sin él jamás abandonaríamos la dependencia del mundo sensorial ni tendríamos la oportunidad de abrirnos a conocer nuestra realidad más profunda. Pero para que uno sea capaz de escuchar su voz y su dirección antes tiene que atribuirle ciertos poderes y cualidades. Esta atribución es ser discípulo.

Como con todas las necesidades, el gran peligro es convertirla en dependencia. Hacerse dependiente es vivir la vida a expensas de otro, es volverse incapaz de actuar y funcionar bien sin la presencia o estimulación del otro. Un sujeto muy dependiente de su maestro no puede desvincularse de él y llena su vacío personal con la imagen del maestro. Por el contrario, necesitar un maestro en el camino espiritual no significa que pierdas tu individualidad, autonomía, responsabilidad y capacidad de decisión.

Hay numerosas personas que viven con el malentendido de que la relación perfecta con el maestro debe ser una forma de dependencia. El error fundamental es olvidar que asumir el rol de discípulo significa tomar ciertas responsabilidades y decisiones. No hay lugar para dependencias, decides respetar a esa persona que te complementa en el rol y verle como un guía haga lo que haga, y escuchar sus instrucciones como formas de iniciación. El énfasis no se halla en el maestro.

Si confundes la devoción con la dependencia estarás creando serias interferencias en tu proceso. Muchas personas, por su rasgo de carácter se sienten atraídas por personalidades dominantes, carismáticas o simplemente muy seguras de sí mismas. Para ellos es fácil caer en la dependencia, son personas que no tienen problemas en encontrar maestros y se sienten dichosos poniéndose en manos de otros. En otro extremo, hay temperamentos completamente independientes que valoran la autonomía y quieren vivir tomando sus propias decisiones. Son individuos que jamás se acercarían a un maestro o algo similar y que rechazan frontalmente la más mínima sospecha de sumisión.

La interpretación de la relación con el maestro como una forma de dependencia perjudica a ambos tipos de personas. A los primeros porque les impide madurar, se quedan estancados y no aprenden nada del maestro; se mantienen en una actitud infantil y sumisa, y nunca avanzan. En cuanto a los segundos, el malentendido hace que se pierdan la oportunidad de recibir inspiración y traspasar la visión limitada de su existencia. La mala enseñanza y su propagación, les lleva a pensar que tener un maestro es una especie de anulación de su persona y una negación de sí mismos, con lo cual jamás se acercan a nadie con esas características. Conozco muchas personas con un gran potencial espiritual que jamás se acercarán a ningún maestro debido a la difusión de esta interpretación de la relación. Este es un asunto delicado. También he visto a personas muy libres y responsables, obligándose a ser sumisos y dependientes sólo porque algún guía espiritual les dio a entender que eso es la relación ideal con el maestro. Gente que ha acabado con una gran frustración y desconsuelo.

La razón fundamental por la que necesitamos un maestro es que solamente llegando a experimentar con conciencia nuestro dolor más arraigado y sutil, nuestro sufrimiento más íntimo, podemos avanzar espiritualmente. Esto es algo que solos nunca vamos a hacer. Únicamente permitiremos que nos lleve hasta allí a una persona en la que confiemos plenamente. Ese el papel del maestro.

Lo demás son dependencias. A menudo como discípulos, la gente desplaza y proyecta en el maestro cualidades deseables e idealizadas; luego, suponen que con un poco de trabajo y dedicación podrán adquirir esas cualidades. Sin embargo, con tales planteamientos están abocados al fracaso y la decepción. Por una parte, el desplazamiento y la proyección les impiden percatarse de que esas cualidades están en sí mismos. Todo eso que atribuyen al maestro lo tienen pero no sólo no lo pueden ver sino que además lo ponen en otra persona externa, con lo cual refuerzan su ceguera sobre sí mismos. Por otro lado, esta negación de sí mismos y la represión que esto implica les resta una gran energía con lo cual no tienen fuerza para la expresión sana de su ser, y su proceso transformador resulta lejano e inalcanzable. En consecuencia, esperan que el maestro se haga cargo de ellos y de su evolución, viven en un perpetuo engaño a sí mismos y se olvidan del trabajo que sólo ellos pueden realizar.

También conviene señalar algunos miedos que hacen muy difícil asumir la posición de discípulo. Son condiciones internas que se mantienen a nivel inconsciente y que difícilmente reconocemos. Así, muchos sienten miedo a que la relación les lleve a perder toda su energía vital o su voluntad, con lo cual nunca acaban de hacer una entrega incondicional. Otros, tienen miedo a desintegrarse, desaparecer como individuos o perder las referencias. También hay quienes tienen miedo perder la libertad personal, la individualidad y la identidad. Asimismo, muchas creencias inconscientes adoptadas culturalmente impiden la apertura a un maestro y recibir su ayuda; por ejemplo, la creencia en nuestra sociedad de que nadie te va a dar nada gratuitamente o que siempre todo el mundo se va a aprovechar de ti.

Dicho todo esto queda claro que, en primer lugar no puedes tener maestro si no eres un discípulo antes, aunque hayas conocido a muchos lamas y maestros. No puedes ser discípulo si no asumes la responsabilidad de tu proceso espiritual. No puedes asumir tu responsabilidad si crees que las causas de tu desarrollo están fuera y en poder de alguna persona. No puedes recibir los beneficios de otras personas más evolucionadas que tú si no permites que lleguen a desenmascararte y te defiendes tras tus miedos.

Elegir un maestro puede ser más sencillo de lo que parece. A menos que seas una de esas personas que tienen como carta de identidad tener un maestro iluminado. (No hace mucho me encontré con alguien así, sin conocerle de nada, lo primero que me dijo cuando se presentó fue: “Hola, me llamo Pedro y soy discípulo de un maestro iluminado”. No quedaba claro si el importante era él o la existencia de un gran ser).

Como decía, si has entendido que necesitas ser un discípulo puedes encontrar fácilmente un maestro. Se trata simplemente de empezar respetando a todos a los demás porque todos te pueden enseñar algo. Luego, si ves a alguien que se enfada menos que tú tómale como maestro en paciencia, si ves a alguien que ama más y tiene más compasión que tú tómale como tu maestro en altruismo, si ves a alguien más feliz que tú tómale como maestro en simplicidad, si ves a alguien con más paz interior que tú tómale como maestro en sabiduría, etc. En el proceso, puede suceder que avances más que alguna de estas personas, entonces, humildemente agradécele su aportación a tu proceso espiritual y sigue hacia delante. Eso sí, siempre habrá sido tu maestro y siempre deberás guardarle en tu corazón.

Hay un pequeño detalle. Es particularmente valioso que la relación con esa persona te incite y te motive a cambiar. Dicho de otro modo, es mucho más efectivo si esa persona que tiene la cualidad que buscas posee la virtud de provocarte el deseo de obtenerla. Lo ideal es que quien elijas como maestro, no simplemente tenga unas cualidades y puedas aprender de su comportamiento sino que además, el contacto con él o ella te despierte un anhelo intenso de poseer esa cualidad. Entonces tienes todas las posibilidades de beneficiarte plenamente.

Lo primordial de esta relación es que consideres de máxima importancia la aportación que este ser está haciendo a tu vida. Esto es, necesitas llegar a ver que sus defectos y lacras resultan descoloridos e irrelevantes frente a lo que aprendes gracias a él o ella. El crecimiento que te aporta es tan importante que te lleva a desechar cualquiera de sus defectos. Esta actitud, visión y perspectiva es esencial en el rol de discípulo. Luego, a esto se añaden otras básicas como el respeto, la fidelidad, el afecto o las muestras de gratitud.

En otro nivel más profundo (que requiere más exigencias a la hora de tomar a alguien como maestro) también puedes intentar la práctica de ver a este ser como una manifestación de la máxima plenitud humana. Esto es, después de haber comprendido el poder de percibir la realidad última en un ser humano en el mundo, eliges hacerlo con tu maestro. Es una resolución que asumes de un modo irreversible, por la cual decides interpretar todos sus comportamientos como manifestaciones de la plena realización humana. Haga lo que haga sientes y entiendes que es la conducta de un gran ser. Esta es la práctica más sublime que existe, y sin extenderme en los inmensos beneficios que tiene, es el método más rápido y potente de trasformación interior.

Por último, tal vez, tú prefieras los maestros de título y trono, pero no deberías olvidar que si convivieras con cualquiera de ellos no le verías muy diferente de tu vecino, tu compañero de oficina o el cura de tu parroquia. Ya lo dice un refrán tibetano: intenta vivir bien lejos de tu maestro porque de lo contrario empezarás a verle lleno de defectos. Y es que, todo está en tu mente.

Juan Manzanera es profesor de meditacion, y psicoterapeuta, practicante budhista hace más de 20 años, fue monje completamente ordenado en el monasterio de Nalanda.

¡¡¡ Sarvamângalam !!!

( ¡¡¡ Que todo sea auspicioso !!! )

Saludos Cordiales !!! Rinchen.

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El Propósito de la Vida: Nuestra Necesidad de Amor

El Propósito de la Vida

Por S.S. XIV Dalai Lama Tenzin Gyatso

Nuestra necesidad de amor

En última instancia, la razón por la cual el amor y la compasión traen la mayor felicidad a nuestra vida es porque los apreciamos por encima de todas las cosas. La necesidad de amor subyace en el fundamento mismo de la existencia humana. Es el resultado de la interdependencia que compartimos todos. Sin importar cuán capaz o inteligente sea una persona, si se la deja sola, no sobrevivirá. Sin importar cuán vigorosos o independientes lleguemos a sentirnos durante los años más prósperos de nuestra vida, cuando estamos enfermos o somos muy jóvenes o muy viejos, tenemos que depender del apoyo de los otros.

La interdependencia es una ley fundamental de la naturaleza. No sólo las formas superiores de vida sino también los insectos más pequeños son seres sociales que, sin religión, leyes o educación, sobreviven debido a la cooperación basada en un reconocimiento innato de su interconexión. Incluso los niveles más sutiles de los fenómenos materiales son gobernados por la interdependencia. Todos los fenómenos, desde el planeta que habitamos hasta los océanos, las nubes, los bosques y las flores que nos rodean, surgen dependiendo de patrones sutiles de energía. Si no hay una interacción adecuada, se disuelven y decaen.

Es debido a que nuestra vida es tan dependiente de la ayuda de otros que la necesidad de amor subyace en el fundamento mismo de nuestra existencia. Por lo tanto, necesitamos tener un sentido genuino de responsabilidad y una preocupación sincera por el bienestar de los demás.

Tenemos que considerar lo que nosotros, seres humanos, realmente somos. No somos objetos hechos por máquinas. Si fuéramos entes meramente mecánicos, entonces las máquinas mismas podrían aliviar nuestro sufrimiento y suplir nuestras necesidades. Sin embargo, puesto que no somos solamente creaturas materiales, es un error poner nuestras esperanzas de ser felices en los desarrollos externos. En lugar de esto, debemos considerar nuestro origen y nuestra naturaleza para descubrir lo que necesitamos.

Dejando de lado la compleja cuestión de la creación y la evolución de nuestro universo, podemos ponernos de acuerdo en que cada uno de nosotros es el producto de sus padres. En términos generales, nuestra concepción tuvo lugar en el contexto del deseo sexual pero también de la decisión de nuestros padres de tener un hijo. Dicha decisión se fundamenta en la responsabilidad y en el altruismo, el compromiso compasivo de los padres de cuidar al niño hasta que éste pueda cuidarse por sí mismo. Por eso, desde el momento mismo de nuestra concepción, el amor de nuestros padres está directamente relacionado con nuestra creación. Por lo demás, en los primeros estadios de nuestro crecimiento, dependemos absolutamente de nuestra madre. De acuerdo con ciertos científicos, el estado mental de una mujer embarazada, de calma o de agitación, tiene un efecto físico directo en la creatura que va a nacer.

Las expresiones de amor también son muy importantes en el momento del nacimiento. Dado que la primera cosa que hacemos es succionar leche del pecho de nuestra madre, naturalmente nos sentimos cercanos a ella y ella debe sentir amor por nosotros para poder alimentarnos adecuadamente. Si la madre siente rabia o resentimiento, es posible que su leche no fluya libremente.

Luego viene el periodo crítico de desarrollo cerebral desde el momento del nacimiento hasta la edad de tres o cuatro años. Durante este periodo, el contacto físico amoroso es el factor más importante para el crecimiento normal del niño. Si el niño no se carga, se abraza o se ama, su desarrollo se verá limitado y su cerebro no madurará apropiadamente.

Puesto que un niño no puede sobrevivir sin el cuidado de otros, el amor es el alimento más importante. La felicidad de la niñez, la victoria sobre muchos de los miedos infantiles y el desrrollo saludable de la confianza en sí mismo dependen directamente del amor.

Actualmente, muchos niños crecen en hogares infelices. Si no reciben un afecto adecuado, en su vida posterior no van a amar a sus padres y, con bastante frecuencia, les resultará difícil amar a otros. Eso es muy triste.

En la medida en que los niños crecen e ingresan al colegio, sus maestros deben suplir su necesidad de apoyo. Si un maestro no sólo imparte educación académica sino que asume la responsabilidad de preparar a los estudiantes para la vida, sus pupilos sentirán confianza y respeto y lo que se les enseñe les dejará una huella indeleble en sus mentes. De otro lado, las materias que enseña un maestro que no muestra una preocupación por el bienestar real de sus estudiantes serán sólo asuntos temporales que no se retendrán por largo tiempo.

En forma similar, si estamos enfermos y nos está tratando un médico cuyo calor humano es evidente, nos sentimos a gusto y el deseo del doctor de dar el mayor cuidado es en sí mismo curativo, sin que importen demasiado sus capacidades técnicas. Por el contrario, si el doctor que nos está atendiendo carece de sentimiento humano y exhibe una expresión de pocos amigos, impaciencia o descuido, nos sentimos ansiosos, incluso si es el doctor más cualificado, si la enfermedad ha sido correctamente diagnosticada y se ha prescrito la medicina adecuada. Indudablemente, los sentimientos del paciente afectan su recuperación.

Incluso cuando tenemos conversaciones comunes en nuestra vida diaria, si alguien habla con sentimiento humano disfrutamos escucharlo y respondemos en consecuencia. Toda la conversación se vuelve interesante, sin importar cuán insignificante sea el tópico que se esté tratando. Por el contrario, si una persona habla fría o bruscamente, nos sentimos incómodos y queremos cortar rápidamente la interacción. Tanto en los eventos más importantes como en los menos significativos, el afecto y el respeto de los otros son vitales para nuestra felicidad.

Recientemente me reuní con un grupo de científicos estadounidenses que afirmaban que en su país la tasa de enfermedades mentales era muy alta (cerca del 12% de la población). Durante nuestra discusión se hizo evidente que la causa principal de la depresión no es la carencia de bienes materiales sino la deprivación afectiva.

Ahora bien, algo claro se desprende de lo que he discutido hasta aquí: ya sea que estemos o no concientes de ello, desde el día en que nacemos, la necesidad de afecto humano está en nuestra propia sangre. Incluso si el afecto proviene de un animal o de alguien a quien normalmente consideraríamos un enemigo, los niños y los adultos naturalmente gravitamos hacia dicho afecto.

Considero que nadie nace libre de la necesidad de amor. Esto demuestra que aunque algunas escuelas de pensamiento moderno tratan de demostrarlo, los seres humanos no pueden definirse como únicamente materiales. Ningún objeto material, sin importar cuán bello o valioso sea, puede hacernos sentir amados, puesto que nuestra identidad más profunda y nuestro real carácter yacen en la naturaleza subjetiva de la mente.

¡¡¡ Sarvamângalam !!!

( ¡¡¡ Que todo sea auspicioso !!! )

Saludos Cordiales y Besos… !!! Rinchen

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El Propósito de la Vida: Cómo Empezar

El Propósito de la Vida

por S.S. XIV Dalai Lama Tenzin Gyatso

Cómo empezar

Debemos comenzar deshaciéndonos de los obstáculos más grandes: la ira y el odio. Como todos sabemos, la ira y el odio son dos emociones muy poderosas que si no se controlan pueden tomarse nuestra mente, invadirnos por completo. No obstante, es posible controlarlas.

Teniendo en cuenta lo anterior, para comenzar sería bueno indagar si la ira tiene o no valor. Algunas veces, cuando nos sentimos desanimados a causa de una situación difícil, aparentemente la ira resulta útil en tanto nos proporciona energía, confianza y determinación.

Empero, en este punto debemos examinar cuidadosamente nuestro estado mental. Aunque es cierto que la ira da más energía, si exploramos la naturaleza de esa energía, nos damos cuenta de que es ciega: nunca estamos seguros de si sus efectos van a ser negativos o positivos. Esto sucede porque la ira eclipsa la mejor parte de nuestro cerebro: su racionalidad. Por eso, la energía de la ira casi nunca es confiable. Puede causar una gran cantidad de comportamientos destructivos o desafortunados. Por lo demás, si la ira llega al extremo, nos convertimos en especies de locos que actúan de formas que no sólo son dañinas para nosotros mismos sino para los demás.

No obstante, es posible desarrollar una energía igualmente poderosa con la cual manejar las situaciones difíciles. Esta energía controlada proviene no sólo de una actitud más compasiva sino de la razón y la paciencia, los dos antídotos más poderosos contra la rabia. Desafortunadamente, algunas personas confunden estas cualidades con debilidad. Por mi parte, creo lo contrario, es decir, que estas dos cualidades son signos reales de fortaleza interior. Por naturaleza, la compasión es suave y pacífica, pero también muy poderosa. Inseguros e inestables son quienes pierden fácilmente la paciencia. Desde mi punto de vista, el surgimiento de la ira es un signo directo de debilidad.

Entonces, cuando nos encontremos con un problema, lo primero que tenemos que hacer es ser humildes, mantener una actitud sincera y esperar que el resultado sea justo. Por supuesto, otros pueden querer aprovecharse de nosotros y si nuestra actitud de permanecer desapegados sólo provoca que nos sigan agrediendo injustamente, debemos adoptar una postura fuerte. Sin embargo, debemos hacerlo con compasión y si nos resulta necesario expresar nuestros puntos de vista y tomar medidas fuertes, debemos hacerlo sin rabia y sin mala intención.

Es importante que nos demos cuenta de que aunque nuestros opositores aparentemente nos están haciendo daño, a la postre, su actitud destructiva sólo los perjudicará a ellos mismos. Con el fin de controlar nuestros impulsos egoístas de venganza, debemos recordar nuestro deseo de practicar la compasión y asumir la responsabilidad para ayudar a los otros con el fin de que no sufran las consecuencias de sus propios actos.

De esta forma, en la medida en que escojamos cuidadosamente las acciones que llevemos a cabo, éstas serán más efectivas, más adecuadas y más poderosas. La retaliación con base en la energía ciega de la ira, rara vez da en el blanco.

¡¡¡ Sarvamângalam !!!

( ¡¡¡ Que todo sea auspicioso !!! )

Saludos Cordiales y Besos… !!! Rinchen

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