Primeros Pasos en la Vía del Zen: VI. La Visión del Dharma.

rinchen 25 agosto, 2008 2

Caligrafía Zen

Caligrafía Zen

Primeros Pasos en la Vía del Zen:
VI. La Visión del Dharma

La visión del Dharma es la percepción intuitiva de los tres rasgos fundamentales de nuestra existencia fenomenal. A saber:

1º Vivimos en un mundo frágil e impermanente. Nada dura, nada permanece. Ni la felicidad ni la desgracia, ni el bien ni el mal, ni el yo ni los demás. Comenzamos a comprender que no podemos encontrar una satisfacción duradera aferrándonos a cosas que, por su propia naturaleza, tienden a desaparecer. Los amigos se vuelven enemigos, el cuerpo enferma, la riqueza es causa de tantos malestares como la pobreza, el confort material termina por asfixiarnos, nuestros familiares envejecen y mueren. Las ideologías se expanden como el fuego para, acto seguido, sucumbir estrepitosamente. Despertarse a la impermanencia del mundo en el que vivimos es despertarse a la constatación de que nosotros también tendremos que desaparecer completamente de la faz del planeta. Ante esta perspectiva, el deseo de honores, de reputación, de poder, de confort, de placeres materiales, pierde gran parte de su fuerza. Lo que antes nos motivaba tanto, las cosas por las que luchábamos con tanto ahínco comienzan a perder su sentido. La constatación real de la impermanencia provoca una crisis del ego, una reestructuración de nuestro ser-estar en el mundo porque comenzamos a darnos cuenta de que no somos lo que creíamos ser, de que hemos estado corriendo detrás de fantasmas, de sombras, de espejismos. Comienza a desmoronarse lo que creíamos ser. El yo se tambalea.

2º Surgen preguntas: ¿Quién soy yo, qué es ESTO?
Nos damos cuenta de que el yo es una entidad indefinible, inefable, inexistente. No hay un yo, hay miles de yo. O bien, el yo no es una entidad fija e inmóvil, no es una personalidad monolítica, sino un proceso, una corriente. Un proceso en el que continuamente están muriendo viejos yo y naciendo nuevos yo. Ya no nos sentimos exclusivamente el padre, ni la madre, ni el hijo, ni el hermano, ni el esposo, ni la esposa, ni el profesor, ni el alumno, ni la buena persona ni la mala persona, ni el inteligente ni el torpe, ni el gobernante ni el gobernado, ni el patrón ni el obrero. Dejamos de identificarnos exclusivamente con las funciones puntuales que desempeñamos en la vida social, familiar y profesional. Comenzamos a comprender que la verdadera naturaleza de nuestra existencia trasciende con mucho los roles o las “personalidades” que interpretamos diariamente. Surge inevitablemente la pregunta: “Si yo no soy exclusivamente los personajes que interpreto en la vida diaria, ¿quién soy yo? ¿Qué es el Verdadero Yo que incluye y trasciende los infinitos yo que aparecen y desaparecen en la corriente de mi vida? ¿Cuál es la verdadera naturaleza de mi existencia?”.

3º Este puede ser el punto de partida para una práctica espiritual realmente profunda y veraz. Experimentando la evidencia de los dos aspectos citados, llegamos a comprender un poco mejor la causa fundamental de nuestro sufrimiento y del sufrimiento de los seres vivientes. Sufrimos porque nos apegamos a una ilusión, a una sombra irreal. La ilusión es la manifestación de la ignorancia fundamental de la mente humana. La ilusión es un percepción errónea, incompletas deformada de la Realidad. Al no percibir la verdadera Realidad, los seres humanos no pueden vivir en armonía con ella. Al no vivir en armonía con ella, surge el sufrimiento.


Sufrimos por ignorancia.

El sufrimiento al que se refieren los Buda no se limita a las sensaciones dolorosas, ya sean corporales, mentales o emocionales. Se refiere más bien, en un sentido amplio, a la insatisfacción continua en la que vivimos los seres humanos, a la ausencia de tranquilidad interior, de paz interior, de serenidad, de libertad profunda. La agitada actividad de nuestra mente nos produce sufrimiento, la pobreza nos produce sufrimiento, la riqueza también. Incluso la felicidad produce sufrimiento porque cuando somos felices tenemos miedo a dejar de serio, nos apegamos a la felicidad. Y esto es sufrimiento. Vamos allí y vemos sufrimiento, vamos allá y vemos sufrimiento. Nos quedamos aquí y vemos sufrimiento.

Este sufrimiento profundo, existencial, no puede ser resuelto ni acallado ya con pequeños remedios, ni con narcóticos, sino únicamente mediante una práctica espiritual profunda y exacta que nos permita acceder a la otra orilla del río de la vida: la visión clara de la auténtica naturaleza original de nuestra existencia.

He aquí los dos polos de la duda: “La Vía del Buda se ha abierto ante mí y todos los Budas y Patriarcas me invitan a que la recorra. Algo en mí quiere hacerla, pero, por otra parte, tengo miedo. ¿Qué será de mí?.

Tengo miedo a dejar de ser lo que soy, o lo que creo ser, tengo miedo a perder mi mundo familiar que, aunque insatisfactorio ya, es el que conozco, con el que me identifico, en el que me siento más yo. Por otra parte, no puedo volver atrás, no puedo negar mi propia experiencia en la Vía del Zen, ni la visión que se está abriendo paso en mi mente.”

Algunos piensan: “¿Qué dirán mis familiares y amigos si se enteran de que me he comprometido con el Budismo Zen?”
La forma que la duda adquiere en estos momentos varía según las personas, pero lo cierto es que aparece una encrucijada importante. El practicante se siente como el protagonista de esta historia:

“Una persona va caminando por una llanura desierta. Parece tener todo el tiempo del mundo. Se para acá y allá. Mira las flores, se tumba, se levanta. Camina hacia el Norte, hacia el Sur. Parece no tener rumbo fijo. De pronto, oye un horripilante rugido a sus espaldas. Se vuelve y ve aterrorizado que se trata de una bestia espantosa, medio león, medio toro. La bestia avanza amenazante hacia él y echa a correr. Corre, corre y corre hasta la extenuación, pero la bestia le sigue siempre cada vez más cerca. Corre, corre, corre y tropieza. Al tropezar cae por un precipicio insondable, pero tiene la suerte de aferrarse a unas lianas que salen de la pared. Se aferra a ellas con los dientes. La bestia llega al borde del precipicio y allí se sienta a esperar. La persona mira hacia el suelo y ve con horror que allí hay una enorme serpiente con las fauces abiertas, esperando su caída para devorarlo. No puede subir ni bajar, ni avanzar ni retroceder. Pero su mandíbula aún puede aguantar un poco más. Es en ese momento cuando se da cuenta que sobre la liana hay dos ratones. Uno blanco y otro negro. El ratón blanco está royendo la liana. El negro también. Los segundos están contados. Entonces aparece un maestro zen en helicóptero y le pregunta: “En estos momentos ¿qué es lo más importante para ti?”

¿Qué responderías tú?

En caso de dudas, continúa haciendo zazen hasta que la duda haya sido disuelta. Si no puedes disolverla, solicita una entrevista personal con tu maestro.

¡¡¡ Sarvamângalam !!!
( ¡¡¡ Que todo sea auspicioso !!! )
Saludos Cordiales y Besos… !!! Rinchen.